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EL REGRESO A CASA.
Cuernavaca, México
19 de Diciembre 2008
Corto el pasto mientras el agua que refresca el jardín moja mis manos. La brisa llenó de gotas de agua los vellos de mis brazos. Múltiples brochetas de agua se formaron en mis brazos. Mi mente voló de nuevo a aquellos años mozos en nuestra escuela secundaria. Siempre era así y en aquel entonces me molestaba mucho pues el agua que solía ensuciarme no era tan limpia como la que ahora me mojaba.
Boulevares, Naucalpan.
Beto Rojas (sí, sí, el Caballo Rojas, vecino mío) pasaba por mí a casa y la avenida Lomas Verdes estaba tan oscura a las 6:30 am que el local aquel pasaba inadvertido a esa hora. Al regreso a casa lo encontraba ya abierto. Claro, antes tenía que salir de la escuela y pasar por la primaria y ver los grupos de niños comprando chicles, chicharrones, estampitas y todos los negocios que hay siempre afuera de una escuela. Miraba mis zapatos negros que me quemaban los pies en las clases de Danza, en las que el méndigo maestro Pelón, hacía que nos fuéramos a casa con dolor de piernas y los pies hirviendo por tenernos dos horas practicando la “Danza de los viejitos” en pleno patio de la escuela.
El sol a plomo y mis zapatos hervían. Caminaba mirando mis zapatos y mi portafolio “Samsonite” color café me pesaba como piedra. El libro de Ciencias Naturales Uno con el inolvidable Estado de México en su portada, sus líneas azules y amarillas, el de Ciencias Sociales, el de Inglés, más los cuadernos, hacían que mi portafolio pesara como la lápida del Pípila. Mis manos se marcaban con el aza del portafolio, y las palmas de mis manos adquirían una extraña forma cuadrada en mis dedos. “¡Pinche portafolio! Siempre me saca callos en mis manos“, pensaba mientras me detenía a apretar nuevamente el nudo del suéter azul en–en aquél tiempo sí la tenía–mi cintura. Ajustaba lo más fuerte que podía mi suéter y a cargar nuevamente mi lápida, digo, mi portafolio.
La iglesia de Boulevares era una estructura de acero sin las láminas beige de ahora. Las vigas de acero tenían un color rojo y otras en color amarillo. Caminaba pegado a la iglesia con mi portafolio en la mano izquierda, y mi mano derecha tocaba el enrejado que protegía el recinto. Pequeñas ventanas me dejaban ver el interior de la recién construida iglesia. Actualmente, todo lo que observaba desde esas ventanitas, son los nichos donde ahora reposan los restos de mi vecino Iván, algunos de ustedes lo conocieron pues el apodo que adquirió al entrar a la Leyes fue: “El hijo de Víctor“, nuestro profesor del taller de electricidad, que también tenía los pómulos muy pronunciados por lo que mi amigo y vecino Iván ganó ese mote. Iván murió en el año 2002 por un desgraciado cáncer que acabó con su vida a los 26 años. Cuando niños, nunca pensamos que caminaríamos por lo que algún día sería el lugar en el que descansaría, ahí sí, para la eternidad.
La calle colina del Silencio hace esquina con la avenida Lomas Verdes y la iglesia llegaba a su fin. Me enfilaba hacia el norte para pasar enfrente de la Farmacia Boulevares, color crema en sus paredes y rejas doradas en sus ventanas. A veces había ahí algunos cerillos jugando en las maquinitas con los que me confundía pues el color de mi uniforme era idéntico al que usaban ellos. Seguía de largo mi camino y saludaba a mi amigo el policía. No sé ustedes, pero al menos yo de niño sentía cierta importancia cuando los policías me saludaban. Al terminar la farmacia estaba ahí parado afuera de la puerta mi amigo el policía que celosamente hacía su trabajo cuidando la entrada a BANPAIS. ¡Hola campeón!-me decía. ¡Hola Poli! ¿cómo está?–contestaba contento–¿Ya de la escuela?—Pues sí mi poli…—Échele ganas, no vaya a acabar de policía—. Nos reíamos y seguía mi camino, pasaba por el local que ofrecía “Todo para sus fiestas” Fiestas, Banquetes, XV años, Bodas donde casi siempre había un camión cargando sillas o mesas.
A veces en esa calle veía a Mónica Santos, mejor conocida por ustedes como “La átomo“, sus ojos azules y en ese entonces su cabello largo diciéndome…”yo aquí me quedo…por esta calle vivo…” Y doblaba a la izquierda dejándome nuevamente solo en mi camino. Pasaba el local de los banquetes, luego el Acuario, y la primer Papelería del camino. Y al pasar la papelería, siempre sabía que debía cerrar la boca (a veces fue mi estilo caminar con la boca abierta y pues ahí hacía conciencia de que efectivamente iba yo de baboso).
La enorme pared blanca con enrejado verde, los logos de Quaker State en color verde, y los “mais” lavando los chasis de tres o cuatro carros al mismo tiempo. La presión del agua era muy fuerte y alcanzaba a mirar por el rabillo del ojo el agua puerca que goteaba de las llantas de los carros. Era inevitable pasar por ahí sin sentir la brisa en mi cara. A veces el calor–y que después de clase de Danza mis pies hervían–me traicionaba y quería permanecer ahí recibiendo la fresca brisa en mi rostro. Sin embargo recordaba y mi propia visión me lo confirmaba, que era agua con aceite, con lodo, con jabón y múltiples porquerías que de inmediato me sacaban de mi autohipnósis en la que me imaginaba debajo de una enorme cascada con agua cristalina en el corazón de la selva.
¡Madres!–pensaba–es aceite, aceleraba mi paso y el méndigo mecánico para hacerme la malora acompañaba mis pasos dirigiendo el chorro de agua hacia donde yo me movía. !Móndrigo! –pensaba–. Mi enojo cambiaba cuando veía afuera del “Burgerboy” los letreros de la Brontodoble o la Dinotriple que aceleraban mi hambre y mis pasos, pensando que quizá ese día mamá había copiado el menú del Burgerboy en casa. Obvio, la sopa de fideo con milanesas distaba mucho del menú que había imaginado camino a casa. Pasaba junto a la papelería pegada al Burgerboy como de rayo. La gasolinera ya me esperaba con los carros atravesados sobre mi paso que me obligaban en ocasiones a caminar sobre la avenida, me enojaba que los usuarios se les ocurriera cargar gasolina justo cuando yo salía de la escuela obstruyendo mi camino. Recuerdo que justo en la gasolinera, hay un macetón redondo hecho de piedras negras. Ahí justo había un puesto de periódico que ha desaparecido con los años y ahí, siempre en ese puesto, me encontraba a nuestro compañero de 3ro B, Gerardo Furlongs o, mejor dicho y como todos le decíamos, el Furlongs, hojeando las revistas de Auto Mundo Deportivo, Tv y Novelas o la historieta éxito de aquellos tiempos:Video Risa. Me veía apenado, y guardaba su revista Video Risa en su mochila y se enfilaba hacia Boulevares. A veces me acompañaba también Liliana Villalpando, alias la “Munra“, quien caminaba hacia Misiones rumbo a casa.
El puente elevado de la Avenida Lomas Verdes, el que pasa por encima de la López Mateos no tenía más de 2 años de ser inaugurado, y daban “ñañaras” pasar por ahí cuando recién se construyo. Pasaba rápido y ya la “Goodyear” me esperaba con su enorme letrero azul y una coladera siempre destapada, años y años pasé por ahí y siempre estuvo destapada. Un puesto de tacos pegado al panteón que está junto a la Goodyear aceleraba una vez más mi hambre. Las ramas de pápalo sobre su barra, salsa verde y salsa roja, y claro, el suadero, la longaniza, el “biste”, que intentaban atrapar a los clientes con el letrero: “5 tacos por 1000 pesos” (claro, viejos pesos). Ya estaba cerca, casi llegaba a casa, solo entrar por el Banamex, caminar sobre Álamo Plateado, llegar al “Ann Sullivan” luego al “Benjamin Franklin“, pasar por el “Anglo” y ver ya los terrenos baldíos que solían rodear mi casa.
Caminaba por una subida que me exigía el último esfuerzo antes de llegar a la calle en la que viví por 23 años de mi vida: Privada San José o Tierra Larga. Al fondo, en la penúltima casa, en el 36 B viven aún mis padres. Caminaba por la calle muy despejada de autos, no como ahora en la que cada casa tiene dos carros y en algunos casos hasta 4 carros por casa. Entraba a casa y el olor a comida, a sopa, o el eterno seseo (sssssssssssssssssssssssssss) de la olla exprés hacían gruñir mis tripas. Mamá gritaba: !Quítate el uniforme, ya está la comida” y mientras decía esto movía con la cuchara el guiso que preparaba…Hasta el día en que yo muera recordaré siempre esas salidas de la escuela y mamá esperándonos en casa a mis hermanos y a mi para comer. Moriré con estos recuerdos.
Este es mi regalo para ustedes. Mi intención no es únicamente que vean como era mi regreso a casa. Mi intención es que ustedes recuerden su propio camino de regreso a casa al salir de la Secundaria.
Con el año nuevo ya tan cerca, y con lo difícil que pinta pues vivimos una crisis sin precedente pues es todavía mayúscula que la de 1929, el único regalo que puedo darles y que me gustaría hacerles, es que a partir de este escrito, recuerden lo sencillo que era la vida para nosotros en esos años.
Así que les regalo mi recuerdo para que ustedes recuerden el propio. Cuando recuerden su propio regreso, habré cumplido con mi meta.
Mi regalo es que recuerden.
Feliz 2009 y los quiero mucho a todos. Me despido el día de hoy, salgo del aire hasta el 7 de enero de 2009. Cuídense y pásenla súper.
Atentamente
Lalo “Lunares”
Generación 86-89 Leyes de Reforma
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Por fin un pinchi blog…ya era hora…jejejee